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miércoles, 17 de julio de 2013

LA AGRESIVIDAD, APRENDER A PERDONARSE


AGRESIVIDAD
(ver también: ANGUSTIA, ANSIEDAD, NERVIOS
[crisis de…], NERVOSIDAD, SANGRE-HIPOGLICEMIA)


La agresividad es una cantidad de energía inhibida que deriva, la
mayoría de veces, de una frustración vivida en una experiencia o una situación.
Frecuentemente, es inconsciente y esta frustración puede envenenar tanto mi vida y mi existencia que cojo la agresividad como medio de
expresión (la agresividad es un medio de expresión), como válvula de toda esta presión existente dentro de mí. Es un medio de defenderme porque me siento atacado, no respetado, abusado, en tensión, incomprendido. ¡Quiero que me comprendan! Puede serme difícil quedarme abierto y dejar fluir la energía.

Es evidente que una persona en estado de agresividad se corta temporalmente, y más particularmente, de la energía espiritual y de la apertura de corazón. Es un estado innato, instantáneo e irreflexivo de defensa y protección. Si soy agresivo, suelo tener el sentimiento de ser el más fuerte porque decido atacar el primero. Me pongo en un estado de dominación – sumisión y estoy desgarrado frente a mí - mismo. La persona frente a mí actúa como un
espejo. Proyecto una parte mía que aún no he aceptado ¯© y
esto pulsa mi mando
10. ¿Consecuencia? Se amplifica la excitación, sube la tensión y ahora es la manifestación de la contracción muscular! Estoy rígido y tenso, en guardia, listo para saltar contra los ataques! Estoy a la defensiva y lucho contra mis angustias. ¿Qué hacer? Quedarse abierto, trabajar consigo en
primer lugar, escuchar mi intuición y mi voz interior que me protegen y guían mis pasos.

JACQUES MARTEL.







Aprender a perdonarse
«Para que surja lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible.»
HERMANN HESSE

Cuántas veces podemos tener la sensación de que muchas de nuestras reacciones se alejan por completo de cómo nos hubiera gustado sentirnos y comportarnos ante una determinada situación o unas circunstancias concretas.
Tras dar el grito, el portazo o decir lo que nunca hubiéramos querido decir, suelen embargarnos sentimientos de tristeza, desesperanza e, incluso, ira contra nosotros mismos. La voz de nuestro crítico interior resuena una y otra vez en nuestras cabezas y torpemente lo toleramos, tal vez convencidos de que sólo el autocastigo nos llevará a cambiar. Lamentablemente, los años pasan y, con no poca frecuencia, vemos que cuando se presenta la misma situación, seguimos reaccionando de la misma manera. Al igual que el agua acaba erosionando la piedra, la sensación de que «todo sigue igual» va erosionando nuestra moral hasta que concluimos que no se puede cambiar. Muchísimas personas a nivel consciente siguen creyendo que se puede cambiar y, sin embargo, cuando se ahonda un poco y reflejan de forma natural su
sentir, la mayor parte de ellas no percibe que dicho cambio sea realmente posible.
¿Qué es lo que hace tan difícil cambiar ciertos aspectos de nuestra personalidad? Pues que en realidad no queremos cambiarlos, aunque pensemos que sí. De hecho, nuestras reacciones automáticas son, como sabemos, patrones de respuesta que creamos cuando teníamos una cierta edad y un determinado nivel de consciencia. Los creamos para evitar el dolor y poder cubrir nuestras necesidades.
 Estos patrones de respuesta no son simples ideas mentales, sino que son auténticas redes neuronales que involucran al cuerpo.
Por eso, cuando se activan dichos patrones, no sólo experimentamos una serie de pensamientos específicos, sino que tenemos una serie de sentimientos y nuestro cuerpo responde de una manera determinada.



Hay una historia preciosa de un hombre que se estaba muriendo. Junto a él estaba su maestro, alguien que había actuado como su mentor durante muchos años. Gracias a sus enseñanzas, había ido progresando en sabiduría y amor. Su vida dio un vuelco en el momento en el que lo conoció, ya que vio lo que hasta ese
momento le había estado velado. A pesar de que, como consecuencia de aquella transformación, el hombre
había sido un benefactor para muchos otros, no lograba alejar de su corazón una tremenda tristeza que le embargaba  en esos momentos finales de su vida.
-¿Qué te ocurre? -le preguntó el maestro.
-Maestro, me embarga una tristeza insuperable
-¿Es acaso miedo a la muerte?
-No, maestro, no tengo miedo a morir, porque gracias a ti he comprendido el verdadero sentido de la muerte, un verdadero renacer.
-¿Qué es, pues, lo que te ocurre?
-Maestro, no puedo perdonarme todo el daño que hice hasta que te conocí. Ni todo el bien que haya podido hacer
estos años en los que he permanecido a tu lado pueden apartar de mi corazón las nubes de la tristeza y la amargura.
El maestro entonces sumergió a su discípulo en un profundo sueño, en el cual aparecía un niño en medio de un museo.
 Aquel lugar estaba lleno de obras de excepcional valor; cuadros, esculturas, piezas de la más exquisita orfebrería. En una esquina de aquel museo había una brocha, un cubo con pintura negra y un martillo. Aquel niño pequeño se acercó, cogió la brocha y el cubo de pintura, y empezó a poner aquella negra pintura sobre los cuadros, hasta que quedaron irreconocibles. Después cogió el martillo y golpeó las esculturas hasta que quedaron
completamente mutiladas. Finalmente, el niño disfrutó viendo cómo aquellas maravillosas piezas de orfebrería se rompían en mil fragmentos al caer al suelo. Entonces, el maestro sacó a su discípulo del sueño y le dijo:
-Es cierto que el niño de tu sueño ha causado un enorme daño y, sin embargo, el daño no ha sido causado por su maldad, sino por su ignorancia. Si puedes, por una parte, rechazar sus actos y, por otra, perdonarle por su ignorancia,¿por qué no haces eso mismo contigo?

En aquel momento, el discípulo comprendió y, al perdonarse a sí mismo, encontró por fin la paz interior.


Necesitamos grandes dosis de compasión con nosotros mismos para poder conectar con ese sufrimiento que hemos causado a otros y que también experimentamos nosotros mismos. Cuando comprendemos que en nuestro corazón no anida la maldad, ni tan siquiera la incapacidad, sino la más profunda de las cegueras,
entonces podemos aprender a valorar las cosas desde una perspectiva diferente. Por eso, aprender a perdonarse es un paso imprescindible para sanar las heridas que hay en nuestra alma.
Todas esas heridas han dejado un rastro en nuestra memoria. Hoy, gracias a la investigación científica,
sabemos que la memoria, en su enorme complejidad, no almacena únicamente el recuerdo de hechos que ocurrieron en el pasado, sino que lo que almacena son sensaciones, emociones, experiencias, vivencias.
Fueron nuestras interpretaciones y valoraciones las que dieron lugar a muchas de las emociones que, en un determinado momento, experimentamos. Es muy diferente interpretar que no me muestran afecto porque no valgo, a interpretar que no me muestran afecto porque realmente no me conocen. Por eso, una persona que sea capaz de interpretar un evento duro de su vida bajo la luz de una consciencia más elevada, alterará su pasado desde el presente. El pasado no es algo rígido e inmutable, sino que es tremendamente
maleable. Si lo percibimos como rígido e inmutable es porque siempre lo valoramos desde la misma perspectiva, bajo los mismos parámetros.
Tal vez aferramos a nuestro pasado nos dé una sensación sólida de identidad y, sin embargo, pagamos un precio muy alto por ello, ya que, entre otras cosas, cuando miramos a nuestro futuro, de forma callada, es nuestro pasado el que se cuela en el puesto del futuro. ¿Cómo vamos a aspirar a ciertos ideales y a determinados horizontes, si no son accesibles desde la visión tan limitada que hemos generado de nosotros mismos? Somos nosotros los que cada día tenemos una cita con el destino y, por eso, son nuestras
resoluciones y nuestras acciones las que pueden guiarnos a un lugar u otro.

Resumen final
Tenga muy presente que entre cualquier hecho que ocurra y su respuesta emocional estará siempre su
forma de evaluar esa situación. Más importante que hacer interpretaciones aparentemente lógicas es
hacer interpretaciones que nos ayuden en vez de anularnos.
Mario Alonso Puig




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